Por primera vez desde el inicio del paro estudiantil, la rectora de la Universidad Autónoma del Estado de México, Patricia Zarza Delgado, se sentó frente a frente con integrantes del Enjambre Estudiantil Unificado.
Durante seis horas, la tensión fue la constante en un encuentro en el que primaron las exigencias, los cuestionamientos y el desencanto acumulado por semanas de movilización.

Sin ceremonia, sin recibimientos protocolarios ni discursos iniciales, la rectora Patricia Zarza llegó pasadas las 12 del día al teatro universitario ubicado junto a El Calvario. La esperaban al pie de la escalinata principal decenas de estudiantes en paro, algunos aún terminaban de escribir consignas en cartulinas que exhibían frases como “Perro no come perro” o “Fac Med resiste”. No hubo aplausos. En su lugar, la recibieron con una atmósfera cargada de tensión.
A su paso, Zarza, acompañada por cuatro integrantes de su equipo, no se detuvo. Ingresó directamente al foro y tomó asiento al centro de una extensa mesa rectangular. Frente a ella, alrededor de cuarenta jóvenes se dispusieron en dos hileras. Treinta y cinco de ellos cubrían su rostro. No por teatralidad, sino por miedo.
A las 12:13 horas comenzó formalmente la sesión. No hubo preámbulos. Una estudiante tomó el micrófono y de inmediato expresó el malestar colectivo: la molestia por las dos ocasiones en que se pospuso el diálogo, el repudio a lo que han denominado “violencia institucional”, y sobre todo, la condena a los hechos ocurridos la noche anterior en el Edificio de Rectoría, cuando un grupo autodenominado Colmena Revolucionaria, identificado como afín a la zona oriente y supuestamente vinculado a la administración central, irrumpió violentamente en las instalaciones desalojando a los paristas que ahí se encontraban.
El episodio, narraron, fue particularmente doloroso porque, acusaron, mientras los agresores presuntamente usaron un Potrobús para trasladarse, a ellos se les negó ese mismo recurso para acudir a asambleas en los campus del Valle de México y Tianguistenco. Las autoridades, dijeron, se deslindaron de los hechos sin brindar apoyo alguno.
Durante más de seis horas, las voces estudiantiles desgranaron agravios, enumeraron pendientes y marcaron líneas rojas. La rectora, con semblante serio, escuchó, tomó notas, y limitó sus intervenciones. Pese a la dureza del tono, el intercambio se mantuvo ordenado. Solo siete integrantes del Consejo Universitario acudieron a la cita, a pesar de que fueron convocados por los propios estudiantes. Su ausencia fue leída como otra muestra del desdén institucional.
En total, se abordaron cinco puntos:
El violento desalojo en Rectoría y las condiciones en que se ha promovido el regreso a clases, basándose en supuestas entregas de instalaciones por parte de grupos no paristas.
Garantías de no represalias para quienes han encabezado el movimiento, especialmente tras lo ocurrido con Isidro Rogel, ex encargado de la Rectoría, a quien acusan de haber incumplido este compromiso.
Destitución de directivos y académicos denunciados por hostigamiento, encubrimiento o prácticas contrarias a los principios universitarios. La exigencia: una revisión seria y la garantía de que no serán recontratados.
Recalendarización del inicio de clases, inicialmente previsto para el 5 de agosto. Los estudiantes argumentaron que no existen condiciones materiales ni humanas para reanudar actividades. Plantearon un aplazamiento de al menos 15 días.
Instalación de mesas de trabajo por unidad académica, con el objetivo de revisar los pliegos petitorios específicos y el general, a lo largo de las próximas dos semanas.
En este punto, Zarza propuso que cada plantel determine de forma autónoma su fecha de retorno a las aulas, de modo que quien así lo decida, lo haga el 5 de agosto, y quien no, lo postergue 15 días. Aseguró que se respetarán ambas decisiones y que no habrá afectación a los calendarios académicos.
El diálogo concluyó con un acuerdo preliminar: reanudar los trabajos el próximo sábado 2 de agosto y abrir, de inmediato, mesas de revisión en cada espacio universitario.
Pero el encuentro aún reservaba un sobresalto. A las 17:13 horas, un grupo de jóvenes salió abruptamente del recinto. Corrió la versión de que hombres con armas blancas se habían apostado afuera del Edificio de Rectoría. La preocupación se apoderó del foro. Se barajó la posibilidad de suspender la sesión. Minutos después, se informó que los sujetos se retiraron al notar la presencia de integrantes del grupo de seguridad interna de los paristas, conocido como “Las Avispas”.
El sobresalto no pasó a mayores, pero dejó clara la fragilidad del contexto. La desconfianza no ha cedido. La comunidad universitaria está fracturada y, como se evidenció en este primer encuentro formal, el camino para reconstruir los vínculos será arduo y requerirá más que mesas y promesas.
Por ahora, el movimiento estudiantil sigue firme en su postura: el paro continúa hasta que haya respuestas claras, compromisos reales y acciones que vayan más allá del papel. En esta universidad, la reconciliación aún se cocina a fuego lento.

